¿Quién tuviera un buen maestro? A la memoria de don Joaquín de la Rosa

Articulo publicado en El Debate de Hoy

Después de haber pasado por un colegio, un instituto, dos universidades y una escuela de negocios; me sigo acordando de don Joaquín. De nada en general y todo en particular. De un verso, de una gregería o de un gesto. De un trato exquisito, reverencial y de usted. De un lenguaje sacado de Larra. De un cuaderno impoluto. De un modelo que ya no existe. O que solo existe en la memoria de su viuda, de sus diez hijos y de sus miles de alumnos. Yo entre ellos. Memorias que han comparecido ante su muerte.

Pablo VI nos apremiaba a buscar más testigos que maestros. Y los hay que fueron maestros porque fueron testigos. Testigos de una coherencia de vida, de un amor por la cosas pequeñas, de una ejemplaridad sin aspavientos. Así fue don Joaquín. O por lo menos así lo entendí desde el pupitre de una clase de física y de los no pocos lazos familiares.

Oír a don Joaquín explicar la fuerza del trabajo en dinámica era un prodigio de sabiduría de barbecho, sentido común y elegancia en el cálculo. Si hubo una lección que me sedimentó la vida en aquellos dieceséis años de zanguango comido por el acné, fue el orden de las cosas. Orden con minutos de precisión suiza, que don Joaquín marcaba al entrar y al salir del aula. Ni uno más, ni uno menos. Orden de libretas de tapas duras, cuadriculadas y bellísimas. Dictados -en clases de ciencias e incluso en el curso preparatorio para Universidad- que dejaban frases unívocas, redondas, elocuentes. Orden lineal en figuras de vectores, fórmulas enmarcadas, desarrollos preciosos. Orden en el pensamiento, en la lógica de los datos, en la secuencia de la historia. Orden literario que ilustraba con sencillez problemas de física desde los clásicos de la cinemática hasta los quarks o la onda-curpúsculo del Premio Nobel Louis-Victor De Broglie. Orden en la disciplina tirando de oficio en una época en la que la autoridad del profesor declinaba peligrosamente. Orden en sus preguntas. Orden en sus exigencias. Orden con un carácter constante y afable. Resiliencia como propiedad de los metales para doblarse sin partirse. Todo eso era don Joaquín. Y de eso fue testigo además de maestro.

Ese amueblado de cabeza que combinaba lógica y estilo es lo que hizo de él un profesor excepcional de la escuela pública. Lo bueno, lo bello y lo verdadero que diría Ratzinger, llevado a los pasillos funcionariales de instituto de pueblo.

«La vista es la que trabaja», nos diría machaconamente. El saber ver las cosas, además de mirarlas. El descubrir la belleza por el conocimiento y el amor a las ciencias. El hacer las cosas bien, además del hacerlas. El respeto al medio rural, la ambición ecológica de un motor de hidrógeno. El inclinarse ante cosas que nos superan, nos subliman, nos envuelven: el Dios providente, la patria común, la familia como cimiento personal.

Así fue su lección para conmigo. Y para con muchos cientos de alumnos que no olvidan a un docente soberbio, corto de estatura y recios andares. Lecciones inolvidables de un buen maestro. Descanse en paz.

No hay virtud más eminente 
que el hacer sencillamente 
lo que tenemos que hacer

EL DIVINO IMPACIENTE (José María Pemán)